27 sept 2011

LAS ACERAS POMPEYANAS

La acera constituía la frontera entre el mundo público de la calle y el mundo más privado que comenzaba al cruzar los umbrales de las casas y las tiendas, una “zona liminal”, como dirían los antropólogos, entre el exterior y el interior.

En las concurridas tabernas que daban a la calle, la acera proporcionaba un espacio extra a los clientes que “se agolpaban en la barra”, o aguardaban turno para recoger la comida o la bebida para llevar.

A los conductores de animales, que tenían que cargar y descargar o que simplemente deseaban hacer un alto, y a los visitantes de las grandes mansiones que llegaban a ellas montados a caballo, les proporcionaban postes o más bien agujeros muy útiles en los que atar sus caballerías. Por toda la ciudad, delante de las panaderías, los talleres y las tiendas, así como ante las entradas de las casas particulares, pueden encontrarse todavía pequeños orificios practicados en el borde mismo de la acera; en total se conocen centenares de ellos.

Estos agujeros, que traen de cabeza a los arqueólogos, se pensó en un tiempo que eran puntos de sujeción de colgaduras destinadas a dar sombra a los establecimientos situados tras ellas, idea derivada en parte de la práctica habitual en la Nápoles histórica, consistente en colocar toldos delante de las fachadas de los comercios. De ser así, las aceras se habrían convertido, al menos en los días de sol, en un verdadero bosque de telones y en un sombrío túnel improvisado entre las tiendas y el bordillo. Es posible que así fuera. Pero una idea más sencilla, que además encaja mejor con la distribución de los agujeros, es pensar que eran los puntos en los que se ataban los animales.
Fuente: Mary Beard. Pompeya: historia y leyenda.

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